Liturgia de las horas y vida cotidiana

«Siete veces al día canto tus alabanzas y por la noche me levanto para alabarte.”
Ps 119, 64

La Liturgia de las horas, también llamada “Oficio divino”, es la respuesta de las primeras comunidades monásticas de la iglesia primitiva a la palabra apostólica «¡Oren sin cesar!»

El oficio divino enriquecido por las lecturas, es sobre todo una oración de alabanza y súplica de la iglesia con textos bíblicos, pero también brinda momentos de silencio para la oración personal. Jesús enseñó a sus discípulos a orar, a pedir e incluso a exigir.

Las Horas se basan en el ciclo de la rutina diaria, la alternancia de luz y oscuridad, los ritmos de trabajo, las comidas y el descanso.

Las hermanas del Ave María nos reunimos tres veces al día para rezar las siete veces que oramos, porque nuestro trabajo en la escuela, el internado y en el campo no permite interrupciones más frecuentes. Pararse juntas ante Dios es muy importante para nosotros porque es donde se funden nuestras diferentes historias de vida y personajes. Las preocupaciones del día se alejan un poco de nosotros y nos enfocamos en el centro de apoyo de nuestras vidas.

La liturgia de las horas es la oración de la iglesia, es decir, oramos, no solo por nosotras mismas, sino en nombre de la humanidad, también por aquellos que nos han sido confiados y por aquellos que no conocemos personalmente. Para nosotras, los tiempos de oración son como un marco que estructura nuestro día, que sostiene nuestra vida religiosa.

La estructura de un día ordinario del monasterio

A las 6:00 am nos reunimos para la Vigilia, la mayor parte del año antes del amanecer. En la así llamada “hora de lectura”, lo que significa que además de la oración de los Salmos, también se lee un texto teológico. Puede tomarse de la Biblia, de un padre de la iglesia o de una madre de la iglesia; pero también se puede elegir textos más modernos.

Después de la vigilia, rezamos los Laudes, una oración de alabanza y acción de gracias por el nuevo día que se nos da.

Después rezamos la Tercia. Su himno es una invocación al Espíritu Santo para que nos apoye y guíe en nuestras tareas.

Durante unos 20 minutos nos dedicamos a la Lectio divina y a las 7:00 en punto celebramos la Santa Misa. Luego hay un breve desayuno, porque a las 8:00 o las 8:30 comienza la instrucción escolar, las responsabilidades del trabajo en el internado, la administración, la cosecha, el cuidado de los árboles y reuniones con nuestros colegas y empleados.

A las 12:15 nos reunimos para la Sexta o Nona (alternando semanalmente). Se supone que estas dos horas breves interrumpen nuestra rutina diaria, para mantener nuestra tranquilidad interior.

A las 12:30 almorzamos. Después de eso, hay un breve período de descanso que comienza y termina un poco más tarde para la economía doméstica. A las 2:00 pm, empieza el ciclo de la tarde en la escuela, que podremos reducir significativamente a partir de 2020, al reducir el número de estudiantes. Actualmente dura hasta las 18:15.

A las 6:30 pm nos reunimos en la capilla para Visperas y Completas, con los que terminamos el trabajo del día. En ellas miramos en retrospectiva lo que hemos podido, con o sin éxito, hacer durante el día, y todo ello lo ponemos en manos de Dios con la solicitud de completar lo que quedó sin terminar y de sanar donde herimos.

Después de la cena a las 7:00 p.m. y las últimas tareas, todos van a su celda para pasar un tiempo personal antes de acostarse.

El Canto gregoriano y los Salmos

Los orígenes del canto gregoriano cantado en latín se encuentran en la antigüedad romana, antes de la invención de la polifonía. El gran canto litúrgico de la Iglesia Católica Romana lleva el nombre del padre de la iglesia y papa Gregorio, que solo pudo ser reemplazado por un canto o un discurso en la liturgia vernácula desde el Segundo Concilio Vaticano.
Los salmos originalmente se cantaron en la liturgia de las horas. Ellos expresan la humanidad ante Dios: alegría y tristeza, temblores y desesperación, miedo y esperanza, culpa y súplica por el perdón. «Ya sea que me siente o me ponga de pie, tú sabes de mí, desde lejos conoces mis pensamientos» (Salmo 139: 2)

Aunque somos muy pocos y nuestros deberes apostólicos limitan mucho nuestro marco de tiempo, cantamos la oración coral gregoriana siempre que podemos. Los domingos cantamos los salmos de Laudes y Vísperas. En todos los monasterios se rezan los salmos, que nos conecta con el mundo entero. Nos sentimos como en casa cuando visitamos otro monasterio. Los salmos también nos conectan de manera especial con el piadoso judío Jesús, porque los judíos oraron en el tiempo de Jesús con salmos y lo hacen hasta hoy en día.

«La alabanza es nuestra respuesta a la gloria de Dios,
al hecho de que la presencia de Dios brilla en todo, en cada persona y en cada situación».
David Steindl-Rast OSB

 

Volverse Monja

“Me has llamado, Dios mío – aquí estoy”

¿Tengo vocación?

La vocación para la vida como monja sucede en un encuentro personal entre Dios y una mujer. Algunos de los signos que pueden señalar la vocación para la vida monástica pueden ser la búsqueda de un sentido más profundo para la vida o sentir la alegría en la oración. Este puede ser un acontecimiento que cambia mi vida de una forma radical, o el encuentro con una persona, que me hace experimentar el espíritu de Cristo. Siempre son sentimientos, que me sobrecogen con una seriedad incondicional, de los cuales no puedo escaparme sin un conflicto interior. La vocación es algo, que no desaparece, ni siquiera, cuando movilizo todo mi razonamiento crítico, ni siquiera, si escucho a todos mis familiares y amigos, que podrían estar en contra.
Signos de una vocación verdadera son una respuesta alegre, llena de energía positiva, que me ayuda superar todos los obstáculos; una disposición de seguir a Cristo como mujer de hoy en día; ser conmovida por nuestro ser imagen y semejanza de Dios.
Sin embargo, nunca podemos considerar nuestra vocación como posesión segura y garantizada. Es una gracia, que pasando por todas las pruebas siempre otra vez tenemos que pedir de parte de Dios.

El camino al Monasterio

Cuando alguien llega por primera vez para abrazar la vida monástica, no debe ser admitido fácilmente.
Porque dice el apóstol: «Someted a prueba los espíritus, para ver si vienen de Dios».
De la Regla de San Benito (RB 58, 1- 2)

Aspirantado

Si una mujer se siente llamada, comienza buscar a la comunidad visitándola unos días o semanas. Este tiempo sirve para conocerse mutuamente y aclarar, si la aspirante tiene las condiciones necesarias en cuanto salud física y espiritual, madurez y formación.

Nosotras pedimos normalmente una formación profesional o un título universitario, también experiencia de vida como mujer adulta.

La maestra de las novicias o una monja con profesión solemne acompaña a la aspirante en estas reflexiones.

Postulado

Después de un año la aspirante entra al Monasterio y vive un año dentro de la comunidad. Acompañada por la maestra de las novicias o por una religiosa con votos solemnes, a la cual puede confiarse, recibe una introducción al oficio divino y participa en toda la litúrgia. Trabaja, llega a conocer los elementos básicos de la vida monacal y comprueba su vocación. Este tiempo dura un año y no incluye un compromiso delante del derecho canónico.

Noviciado

Después de este año la postulante pide el hábito blanco de la novicia (vestición). Vive y trabaja dos años como novicia dentro de la comunidad monástica. Este tiempo sirve para profundizar su relación con Dios y su capacidad de vivir como hermana en una comunidad cristiana. La novicia no ha pronunciado votos, por eso es libre de salir en cualquier momento del monasterio. La maestra de las novicias le enseña regularmente, se introduce a ella en la lectio divina (lectura y meditación de la Biblia), llega a conocer la Regla de San Benito como la historia y el carisma de la Orden Cisterciense.

“El que va a ser admitido, prometa delante de todos en el oratorio perseverancia,
conversión de costumbres y obediencia ante Dios y sus santos”
Regla de San Benito (RB 58,17-18)

Juniorado

Después de estos dos años la novicia, con el permiso del capítulo conventual, hace sus votos simples, también llamados votos temporales. La juniora recibe ahora el hábito blanco y negro de las cistercienses. Los votos se hacen por un lapso de uno hasta tres años y se renuevan hasta cumplir cinco años. Mediante los votos, la juniora se compromete de quedarse en el monasterio hasta que el tiempo de sus votos temporales se acaba. La juniora participa en el curso de formación monástica en la Casa General de la Orden Cisterciense en Roma (durante tres años, cada año cuatro semanas, regresando al monasterio se realizan trabajos por escrito en las diferentes materias). Con este curso recibe los fundamentos intelectuales y espirituales para una vida monástica cisterciense. En intercambio con la priora y la maestra de las novicias examina su vocación y se pregunta, si está preparada por una decisión de vida.

Al lado de sus estudios también ayuda en los trabajos del monasterio. Finalizada la formación monástica en Roma se puede encomendar a ella responsabilidades especiales como administradora o directora. Se informa a ella sobre decisiones que debe tomar el capítulo conventual y se escucha su opinión.

Votos solemnes

Finalizando este tiempo de formación, la juniora pide del capítulo conventual el permiso para hacer sus votos solemnes. Si los votos nos llenan de alegría y felicidad –comparable a nuestras amigas en el día de sus bodas– entonces sabemos, que hemos decidido bien. A través de este rito solemne nos volvemos miembros plenos de nuestra comunidad por toda nuestra vida, con todos los derechos y obligaciones. Como signo exterior se entrega a la monja el velo negro y la cuculla blanca como vestimento festivo en las solemnidades. A causa del sol muy fuerte en nuestra altura de 3.750 metros, usamos en Bolivia normalmente el velo blanco.

La formación puede durar de 9 a 12 años. En casos justificados nuestro monasterio solicita una dispensa en el Vaticano, que permite reducir el tiempo de formación a 5 o 7 años.

¿Qué se promete en los votos?

Nuestros votos surgen de los “consejos evangélicos”, que Jesús dio a sus discípulos para alcanzar la vida eterna, consejos que no son obligatorios para todos. En los ritos de los votos temporales o solemnes prometemos lo siguiente:

1. Obediencia a la priora y a todas sus seguidoras legítimas. La obediencia exige la disponibilidad de encontrar la voluntad de Dios en los trabajos encargados de parte de otras hermanas. No se trata de una obediencia ciega y de despotismo, sino de confiarse a la autoridad carismática de la priora en el marco de la Regla de San Benito. La priora buscará el dialogo y como una madre buena busca el bienestar de su comunidad junto con el bienestar de cada una de sus hijas espirituales. Decisiones importantes se toman con la mayoría del capítulo conventual. En la vida cotidiana y en casos especiales según las constituciones, la priora tiene la última palabra. La priora y el capítulo conventual deben actuar según una interpretación contemporánea de la Regla de San Benito y según las constituciones de la Orden y del propio monasterio. Cada hermana tiene el derecho de dirigirse al Abad General de la Orden en caso de irregularidades graves.

El voto de obediencia incluye el celibato y la pobreza. La pobreza significa el estilo de una vida sencilla, donde la hermana renuncia a tener propiedad privada y “dinero propio”. La hermana pide de la priora lo que necesita. Ella puede confiar que reciba todo lo necesario del monasterio y que se respetan sus cosas personales de las necesidades diarias como sus herramientas del trabajo.

2. Conversatio morum o como se dice hoy en día: “trabajar en su propio carácter”. Una debe contemplar humildemente sus propios errores, debilidades y límites, también aceptarlos delante de las otras. Se espera la disponibilidad de aceptar correcciones y de perdonar, de ser abierta para otras personas y cosas nuevas.

3. La estabilidad, significa hacer sus votos en una comunidad definida y para una casa definida para vivir allí toda su vida.

¿Con qué edad se puede entrar al monasterio?

Lo ideal es entrar al monasterio después de haber terminado una formación profesional o un estudio universitario, si la candidata ya tiene experiencia en la vida adulta. Por otra parte, una mujer debe estar razonablemente lejos de la edad de jubilación en el momento de la entrada. Nosotras vemos ideal una edad entre 28 y 45 años. Excepciones por arriba o por abajo son siempre posibles.

 

Convivencia temporal en el monasterio

„Frente a Ti está la fuente vacía de mi anhelo”
Gertrud de Helfta, mística cisterciense del siglo XIII

A mujeres entre 25 y 45 años de edad, que quieren conocer nuestra vida monástica, ofrecemos la oportunidad de rezar, trabajar y convivir con nosotras una semana. Durante el día estará casi siempre con las hermanas, por las noches recibirá alojamiento en nuestra hospedería, muy cerca del convento. Esta semana, a través de un consentimiento mutuo, se puede repetir o prolongar. Pedimos a las mujeres interesadas que nos escriban, poniéndose en contacto con nosotras a través de esta página web (Contacto).